Cualquier habitante del planeta ha soñado alguna vez con su hábitat ideal: una “isla desierta”, un particular paraíso terrenal o simplemente unas condiciones mínimas para desarrollar las actividades propias de su ciclo vital.

Pero esos lícitos deseos individuales, una vez abandonado el nomadismo, se ven afectados principalmente por la propiedad y las normas de convivencia del grupo. Los deseos individuales deben compatibilizarse con los intereses colectivos.

Aparece la ciudad y, como consecuencia, el ciudadano, además del código civil que regula, entre otras cosas, las relaciones de vecindad y sus servidumbres.

La organización de la ciudad se produce paulatinamente, buscando el equilibrio entre intereses individuales y colectivos de sus ciudadanos.

Ya en la Antigüedad la ciudad se estructuraba entorno al Foro, lugar de encuentro y de debate donde se establecía qué intereses debían considerarse propios de la comunidad. El Foro era la zona central en torno a la que se desarrolló la antigua Roma y en la que tenían lugar el comercio, los negocios, la religión…

Vinculadas la mayoría de las veces entorno a un medio que les era favorable, ya sea el de las comunicaciones, la defensa o el sustento, las ciudades se consolidaron gracias, principalmente, al espíritu cívico de sus ciudadanos. La conciencia de “propiedad colectiva” les convertía en partícipes del proceso de crecimiento y desarrollo de su ciudad.

Como cualquier asentamiento colectivo, la ciudad necesita de un esquema organizativo que sea capaz de estructurar su funcionamiento.

Este esquema, heredado de organizaciones castrenses y de defensa o muy vinculado a la explotación del medio de sustento y a los medios de comunicación, evoluciona formalmente cada vez que se produce un cambio de escala.

El crecimiento y evolución de las ciudades se vuelve cada vez más complejo, adquiriendo “autonomía” propia, como si de un organismo vivo se tratase. Su estudio permite establecer los suficientes patrones de comportamiento, que nos sirven de guía y permiten aproximarnos a los cauces de su posterior desarrollo.

Cada vez es más importante adelantarse al futuro desarrollo y evolución de la ciudad. Las relaciones entre sus componentes son paulatinamente más complejas y las decisiones a tomar mucho más delicadas, sobre todo por la carga hipotecaria que estas tienen si son equivocadas.
En el momento actual nuestra ciudad se encuentra frente a un cambio de escala importante. Debemos observarla a escala territorial y por tanto en relación a los ejes vertebradores del territorio, en nuestro caso, en relación al corredor (Madrid- Levante), que inevitablemente tensiona la relación entre los municipios que enlaza.

El posible salto cualitativo y cuantitativo en el área de las comunicaciones que garantice el crecimiento y sustento de la ciudad y su entorno implicará una serie de decisiones determinadas que deberían garantizar que la evolución se produzca adecuadamente.

En la actualidad, los protagonistas que intervienen en el desarrollo de la ciudad podemos concretarlos en dos: la Iniciativa Privada, principal motor de la actividad económica; y la Administración, que regula las actuaciones propuestas y defiende los intereses colectivos frente a los individuales o privados.

En democracias avanzadas, se ha incorporado un tercer protagonista participante en el desarrollo de la ciudad, que complementa el papel asignado a la Iniciativa Privada y a la Administración, son las denominadas Iniciativas Cívicas, que por su cualificación en diferentes ámbitos y representando a colectivos de diferente orden, aportan sus conocimientos en representación de un Espíritu Cívico, casi desaparecido.

Estas Iniciativas sin ánimo de lucro sustituyen el papel del “ciudadano” en el Antiguo Foro y, en cierta manera, lo representan en unas estructuras de relación que se han transformado debido al cambio de escala y que sin la ayuda de los medios de comunicación quedan desmembradas.

El ciudadano debe participar en su ciudad y, por tanto, debe de estar informado de las posibilidades y del futuro previsible que tiene.

Un Consensuado, que represente el mayor número de intereses, puede ser el menos malo.