Nos puntualiza que “no queremos hablar de ‘Matanza de Atocha’ porque eso es un término que cogió popularidad desde el principio y no sé bien por qué… preferimos la palabra ‘atentado’ aunque se confunda con los del tren…” dice.

Como periodista que ha preparado a conciencia esta entrevista que se ha intentado realizar en varias ocasiones hasta que, al fin, ha sido posible, le indico a don Carbonell que mi siguiente deseo era precisamente pedirle por qué (como ha manifestado en varias ocasiones en otras entrevistas) considera que lo de aquel 24 de enero no fue como bien ha apuntado que se ha dicho siempre una ‘matanza’, sino “una ejecución a sangre fría”…

“Sí, así es… preguntaron por un líder del sindicato de Transporte (estaban en huelga en ese momento) y, por una serie de circunstancias extrañas (porque uno por un tropezón se dispara un tiro que le roza el anorak) pues se ponen a disparar salvajemente contra nosotros sin que nosotros en ningún momento hiciéramos nada (ni por defendernos ni por atacarles)… Estábamos allí, entregados a la posibilidad de que no pasase nada, pero pasó”.

Pasó, como recuerda con la voz aún quebrada: “Quedaron sin vida cinco compañeros, grandes amigos míos, y con vida cuatro (entre ellos, yo); sí es verdad que fue una ejecución, como he recordado algunas veces, como ‘Los Fusilamientos del 2 de Mayo’ del cuadro de Goya; la oleada de disparos primero, la caída de los cuerpos, cómo en el suelo luego nos remataron otra vez… fue durísimo”.

“He tenido que hacer un trabajo de análisis personal (de tratamiento psiquiátrico incluso) muy fuerte para poder salir de ese ‘callejón’…”

Al preguntarle hasta qué punto ayuda y hasta qué punto duele volver a hablar de aquello que ocurrió esa noche del 24 de enero del ’77, Alejandro explica que lo ha hecho tantas veces en estos cuarenta años y que siempre ha pensado lo mismo: “Es algo imprescindible, primero, por nuestra memoria democrática común (porque hay muchas de las claves de lo que fue la Transición) y, personalmente, tengo que reconocer que a mí siempre me vino bien sacar de mí todos los fantasmas que pueda tener vinculados a Atocha”.

Señala que alguna vez ha dicho que tenía culpabilidad por no haber muerto aquella noche junto a sus compañeros, incluso que murió en un 70%… y ahora explica que “ninguna de esas dos afirmaciones era verdad”.

“He tenido que hacer un trabajo de análisis personal (de tratamiento psiquiátrico incluso) muy fuerte para poder salir de ese ‘callejón’ a pesar de que me reconozco de Atocha y reconozco que eran todos amigos míos y que también estaba en Comisiones Obreras y en el Partido Comunista… pero el trabajo psíquico, con las cicatrices que deja aquella historia… es muy duro”.

“Yo empiezo a sobrevivir cuando levanté de encima de mí el cadáver de Enrique Vandelvira”

Es evidente que parte de él murió en aquel despacho esa noche, pero no es menos real es que junto a tres compañeros más salió de allí vivo al fin y al cabo. ¿De qué manera se reinicia una vida lo más plena posible después de un trance como ése?

“De forma muy difícil… Yo empiezo a sobrevivir cuando levanté de encima de mí el cadáver de Enrique Vandelvira (un gran amigo también); tenía muerta mi pierna derecha (y muchas otras cosas), ahí empecé a sobrevivir, contando ‘cien, ciento uno, ciento dos, ciento tres…’ suponiendo que ya estábamos solos en el despacho y que podía hacer lo que hice; y no sé qué extraña fuerza dentro de mí me ha ayudado siempre para trabajar mi propia realidad y para trabajar la realidad histórica que compartí; he podido ir poco a poco, a base de psicoanálisis, a base de trabajar mucho y de considera que, además de la memoria (eso es algo que siempre tendremos muy presente), tenemos una contradicción: yo no puedo olvidar lo de Atocha pero a la vez sé que una cierta cantidad de olvido tengo que tener porque si no, no podría seguir viviendo plenamente (o todo lo plenamente que podría), aunque sé que mis cicatrices van a durar toda la vida”, nos cuenta.

Con el paso de estos cuarenta años, ¿ha notado que los recuerdos de aquella noche se han ido borrando (siquiera ligeramente) o que, por el contrario, se han hecho más nítidos?

“Los recuerdos siempre han estado muy claros en mi inconsciente, más cuando durante 25 años escribí un libro contando esa realidad, ‘La Memoria incómoda: Los abogados de Atocha’ (de la que ahora sale la tercera edición); pero sí puedo decir que concretar recuerdos ha sido más difícil a medida que mis compañeros sobrevivientes han ido desapareciendo de nuestro lado… Doy gracias porque la vida es así… Miguel Sarabia, Luis Ramos, (que fue la última en marcharse, hace dos años)… todos se han ido, ya no tengo posibilidad de contactar con mis compañeros para aclarar muchas de las cosas que compartimos juntos… ya sólo dependo de mí mismo criterio que, a veces (como digo) está condicionado por mis sentimientos…”.

Recuerda que siempre ha manifestado que cuando cuenta las historia de Atocha “parece que lo vuelva a vivir… y no es así, estoy convencido, pero lo tengo muy nítido dentro de mí, y fue un impacto tan fuerte el que provocó en mi vida, en nuestra vida, en la vida de mucha otra gente, que cada vez que lo mencionamos… nos llenamos de dolor”.

Un dolor que con el que nos explica que por eso le cuesta hablar con los medios de comunicación, a pesar de que aprovecha también para darnos las gracias por nuestro interés.

Claves que rompieron “el bucle de la violencia” que amenazaba “con romper el camino abierto hacia la Democracia”

Al preguntarle cómo cree que ese día cambió de alguna forma nuestro país, don considera que “aquella noche, junto con el encierro de abogados en el aquel 25 de enero para pedir al Gobierno que pudiesen velar los cadáveres de mis compañeros en el propio Colegio de Abogados, y también junto a la manifestación silenciosa que recorrió las calles de Madrid con ‘los de Atocha’… ahí estuvo una de las claves para romper lo que yo llamo ‘el bucle de la violencia’…”.

Ruiz-Huerta es un defensor a ultranza de una idea: “La violencia nunca es buena consejera -incide-; no sirve para nada porque sólo te puede producir rechazo (a menos, personalmente así lo siento después de la terrible noche que viví en Atocha); y entonces parecía que había una voluntad de ir a una cada día mayor violencia, pero creo que ahí se rompió: con el protagonismo de Comisiones Obreras y del y sus militantes, de los ciudadanos de bien de Madrid que se congregaron en cantidades tremendas en el entierro y en el acompañamiento de los cadáveres de mis compañeros… A partir de ahí, la violencia no fue a más; había una determinada voluntad de romper la Democracia, de romper el camino abierto hacia la Democracia, y se cortó, y creo que eso muy significativo de lo que ocurrió aquellos días”.

Asegura que dice y seguirá diciendo aquello de ‘no más violencia’ y advierte nuevamente que “ésta no sirve para nada, en todo caso para la mala fama del ejecutor de la violencia, y todos lo sabemos… lo que pasa es que la aceleración de la vida, los problemas que tenemos en torno a la crisis de civilización que existe nos lleva a ponernos más nerviosos, y de ahí a la violencia hay un paso”, advierte.

La clave de todo eso para Alejandro está en la necesidad de “tener serenidad” y en otro factor importante: “El silencio es un arma fundamental para la no violencia, y yo sigo repitiendo eso todos los días”.

“Hemos perdido grandes ocasiones para poder construir de verdad nuestra memoria democrática común, desde antes de la ‘Guerra Incivil’…”

Finalmente, al plantearle si tiene la sensación de que este país ha sabido reconocer a todos ellos que lucharon por la libertad y la Democracia** (hasta el punto de incluso perder en ello la vida en muchos casos), Ruiz-Huerta reconoce que “nos falta mucho”.

En este sentido, afirma que “nuestra capacidad de memoria está muy condicionada por la aceleración de los tiempos, y creo que nos falta mucho… Hemos perdido grandes ocasiones para poder construir de verdad nuestra memoria democrática común, desde antes de la ‘Guerra Incivil’… me parece que tenemos que hacer un gran ejercicio entre todos (Organizaciones, Partidos políticos, Sindicatos, el Gobierno y sus instituciones, el Parlamento…); es complicado pero necesitamos tener clara nuestra memoria, que ‘la verdad oficial’ y ‘la verdad real’ confluyan, cosa que es muy difícil pero imprescindible para atender nuestra identidad; la memoria es identidad y, sin ella… perdemos nuestro lugar en el mundo”, concluye.

Si lo desean, pueden escuchar al completo esta entrevista telefónica a Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, a través del archivo de audio que acompaña a esta transcripción de la misma.