Durante este ‘día normal’ en AMIAB conocemos a la habladora Almudena y a su () de quien seguro ha sacado la fuerza y la energía; a Manoli Delgado, que es de y que, aunque al principio dudó sobre si acompañarla a este viaje tan especial, jamás dudó en que ella, su hija, no faltaría a la cita.

Conocemos a Ramona, y sabemos que necesitó un mensaje fundamental y simple de Raquel Gabaldón (su monitora) para decidirse a formar parte de esta aventura: “A mí me convenció Raquel recuerda-; me dijo que yo podía hacerlo. Y lo hice”.

Conocemos a Marta (y la sonrisa a la que siempre va pegada) y a sus padres (Loli Sánchez y Justo Martínez, que nos cuenta que siempre tuvo claro que su hija sería capaz de lograr el reto, (aunque no estuviese tan seguro de si con él pasaría lo mismo…); conocemos la dulzura y el ánimo de , y también de Mª Ángeles.

Y conocemos a un Paquito que disfrutó a tope de esta aventura junto a su madre, , y a su padre, Francisco Córdoba, que tampoco dudó en acompañarlos, a pesar de ‘estrenar’ prótesis nuevas: “Sí, sí, tenía muy claro que iría, y con las prótesis puestas… ¡aguanté como el primero!”, sonríe.

Una idea que viene de lejos…

La idea de realizar El se barajaba ya en AMIAB desde hace mucho tiempo; siempre ha sido una de esas ‘cosas en el tintero’ que, un año por otro, se van aparcando hasta que un buen día… se hace. Y así ha sido: se planteó, se vio que este año podía ser… y, como ellos mismos dicen, ‘se lanzaron a la piscina’, comenzando a estudiar las posibilidades que había para que todos pudieran disfrutar al máximo de lo que prometía ser una experiencia inolvidable.

“A día de hoy existen páginas sobre El Camino de Santiago adaptado para el tema de la discapacidad, de modo que nos informamos muchísimo en ellas y estudiamos con detenimiento las etapas hasta que decidimos las que podríamos hacer según las cualidades de nuestro grupo” nos explica Raquel Gabaldón, trabajadora social de AMIAB que participó en la expedición.

En este objetivo (además de las ganas de los chavales y de la implicación de los monitores y voluntarios) eran fundamentales los familiares; y, con más o menos dudas de si serían capaces de sumarse al reto, ellos mismos nos cuentan cómo todos optaron… por intentarlo: “Había que hacerlo, todo hay que intentarlo porque si no se intenta no se sabe si se puede o no se puede, y para ellos iba a ser una experiencia muy chula” nos dice Ana López, una de las madres que se sumó a esta aventura.

Un autobús de ‘valientes luchadores’

Así fue cómo se logró que de Albacete partiese, el 2 de julio, un autobús con 25 pasajeros (que acabaron siendo 27 porque esta ‘familia’ creció en , como van a descubrir ustedes más adelante). Usuarios de AMIAB, familiares y ocho trabajadores y voluntarios emprendieron rumbo a tierras gallegas, llenos de ilusión, con algún que otro ‘miedo’ a no lograrlo, cargados de energía y de confianza y, sobre todo, dispuestos a disfrutar intensamente esta experiencia… juntos.

“A nosotros esto también nos ha servido para crear un vínculo especial, han sido unos momentos muy especiales porque la verdad es que, por ejemplo yo, no había tenido ninguna convivencia así con las familias (de hecho no las conocía, ni a los padres de los niños….) y la verdad es que como te implicas en algo que es mutuo, común: la misma ilusión, los mismos miedos, las mismas ganas… y ha sido muy emotivo; todos hemos participado mucho y la ilusión esa de ir animándonos todos ha sido muy bonita” nos cuenta Loli Sánchez, otra de las madres que se subió a ese autobús de ‘valientes luchadores’.

Al otro lado de unas doce horas de autobús (que se dice pronto…) les esperaban tres etapas: la primera debía llevarles de Arzúa a Santa Irene a través de casi 16 kilómetros de Camino; la segunda, desde Santa Irene a Lavacolla (de 13 kilómetros) y, la tercera, (de 10) desde allí hasta Santiago.

Todo ‘camino’ tiene sus dificultades…

Pero, como siempre sucede, sobre el mapa y el papel… todo suele parecer más sencillo de lo que resulta ser. Todos coinciden en señalar la primera como “la etapa más complicada”; con las grandes cuestas como protagonistas, apenas uno minutos de ruta bastaron para que Ana Isabel de (monitora del ), a la que no le gusta nada ser protagonista… se convirtiera precisamente en eso: justo cuando el motor con el que había adaptado su silla de ruedas para este reto dijo ‘basta’ (y cuando ella ya pensaba que tendría que decir lo mismo a su periplo), se multiplicaron las manos y las fuerzas para empujarla… hasta el final.

“A los diez minutos de salir el motor con el que adapté mi silla de ruedas para hacer el recorrido se averió y pensé que ahí se me acababa el camino para mí…; pero todos me apoyaron, me dijeron ‘hemos venido 25 y vamos a terminar los 25’, y eso a mí me llenó mucho porque sabía que sin su ayuda no lo iba a poder terminar” recuerda Ana ahora junto a nosotros.

Si se están preguntando de dónde se sacan las fuerzas en momentos como ésos en los que parece que empiezan a fallar… Aquí tienen la respuesta: “Ver que tus hijos que están súper contentos, que van consiguiendo las etapas y que se vienen arriba, y el estar entre nosotros también genial… cada día te daba un poquito más de ‘subidón’; aparte, en cuanto pasó la primera etapa vimos que sí (porque la primera era la más dura), que íbamos a terminar, y eso nos iba alimentando”, dice Ana López.

“Tras el primer día, nos dimos cuenta todos de que, aunque fuéramos cada uno a su ritmo, era mejor ir parando de vez en cuando para ir esperándonos, para animar a la gente y que nadie se quedase muy atrás; por eso la segunda etapa fue muy fácil…”, añade Loli Sánchez.

Una experiencia para ser vivida

Y así, poco a poco, el reto se había puesto en marcha, y para ellos, los chavales, la sensación ahora es plena… “la verdad es que es un camino muy lindo, conoces un montón de cosas, a gente, personas de todos lados…” dice Florencia; “yo lo hice porque los amigos lo han hecho y me ha gustado mucho; ha sido muy bueno, mucho cambio de naturaleza, de imágenes… con los compañeros, las monitorias, la familia…; lo que más me llamaba la atención era la naturaleza”, recuerda junto a nosotros Paquito.

Para vivir (y disfrutar) de una experiencia así es fundamental ir bien equipado; nos avisan de que no han de faltarnos muchos calcetines, vaselina para hidratar bien los pies, tiritas… y una buena ‘máster class’ como la que nos da Almudena sobre zapatillas cómodas y sobre el siempre complicado ‘arte’ de hacer bien una maleta (técnica que, como nos ‘chiva’ su madre cumple a la perfección…).

Ellos (los chavales) también coinciden en que el primer día de Camino fue el más duro de todos pero, pasado lo peor, se puede decir que el resto fue ‘coser y cantar’ (bueno, quizá lo primero no, pero de lo segundo, estamos seguros…).

Y es que tal y como nos cuenta Begoña Maranchón (que fue una de las voluntarias que se sumó a este ‘reto’), esos días dieron para muchos momentos de diversión en los que no dudaron en bailar en la entrada de algún hotel o amenizar el trayecto con todo tipo de chistes, anécdotas y ‘chascarrillos’ que, de ese Camino, llegarán a la eternidad para cada uno de ellos.

Almudena nos cuenta, con el entusiasmo aún en la cara, que se encontraron con gentes “¡de toda España, de toda Europa, de todo el mundo!”; y la experiencia dio también para conocer a alguien para quien ese Camino era igual de especial que para ellos: “Durante la segunda etapa encontramos a una chica que también iba haciendo El Camino en silla de ruedas; a veces nos adelantaba y luego la veíamos en su descanso (y viceversa); los chicos estaban con ella como si fuera otra monitora suya…”, recuerda con ilusión (pedagoga terapéutica de AMIAB y participante también de este viaje).

El final del ‘Camino’…

Quien ha hecho este Camino bien sabe que, aunque todo en su conjunto es único, nada iguala al momento de llegar, de ver aproximarse el final. Y para estos (ya para entonces, 27) no lo fue menos…

Los padres y madres recuerdan ese momento y en algunos las lágrimas de entonces vuelven a asomar en sus ojos. Los chavales también nos hablan de esa experiencia única: “Llegar a la meta fue muy emocionante” dice Florencia; “nos saludaba gente de todos los lugares”, apunta Almudena; Noemí nos cuenta cómo anduvieron ese último tramo portando ellos mismos una pancarta que habían hecho en Albacete días antes y nos confiesa que “todos lloramos”.

“La llegada a la Plaza del Obradoiro fue impresionante -recuerda Laura Maranchón-; llegar y que un padre te diga ‘gracias’ y que no sea capaz de decir nada más, y saber que ése ‘gracias’ es por todo lo que vivimos con sus hijos y el trabajo que hacemos con ellos… es impresionante”.

“Era un viaje que se había soñado muchas veces, por los chicos; nosotros siempre intentamos trabajar con ellos fijándoles objetivos que se esfuerzan por alcanzar, y éste era uno más (y muy grande, porque a algunos les costó muchísimo), entonces llegar allí y ver que lo habían conseguido… para nosotros eso es el objetivo principal como un centro ocupacional”, dice Raquel Gabaldón.

“La llegada es una pasada, esa plaza tiene ‘un algo’… y más con ellos; teniendo sus barreras han sido capaces de decir ‘yo sigo adelante’ más veces que cualquiera que yo conozca, y eso lo admiro muchísimo, de ellos aprendes mucho más; me quedo con el aprendizaje”, nos cuenta Begoña Maranchón.

“Fue algo emocionante; no tengo palabras porque yo soy (Vigo), y el haber permitido que también participara parte de mi familia (mi hermano y mi sobrina que hicieron la última etapa con nosotros) y que nos consideraran desde ese momento como 27… me gustó mucho” explica , la monitora, que vio cómo dos miembros de su familia (‘la de sangre’) subió a 27 el número de miembros de ‘la otra familia’ (la que había salido de Albacete en ese Bus el 2 de julio…). “No es lo mismo contarlo que vivirlo, lo que se siente cuando llegas a Santiago; me vino todo a la cabeza, lo bueno lo malo… lo aconsejaría”, añade.

“Yo me vi en este ‘barco’ gracias a un amigo (Javier) y tenía claro que tenía que estar; es algo que siempre había querido hacer; el trato con los usuarios… agradecimientos en el mínimo detalle… es una experiencia recomendable al 100% o más”, nos cuenta José Esparcia, otro de los voluntarios que participó en el reto.

Los monitores nos explican que, pasada ya esta ‘prueba piloto’ sobre la experiencia, es probable que vuelva a suceder, aunque tanto Laura como Raquel coinciden en señalar aquello de que ‘como la primera vez… será imposible que sea’. Sea como sea, por adelantado cuentan ya con un ‘sí’ por parte de quienes han sido ‘los primeros héroes’ de AMIAB. Tanto los padres como los chavales que han protagonizado esta experiencia nos dicen que sí la repetirían sin dudarlo (incluso muchos se atreverían a alargarla alguna que otra etapa más…)

Las ‘huellas’ que dejan…

Les ‘dije’ al comenzar este reportaje que ‘Ésta era una de esas historias que dejan huella (y no sólo en ‘un camino’, que también). La dejan en los rostros, en el orgullo, y hasta en el alma’…. Pues desde éste día ‘normal’ en la sede del Centro Ocupacional que AMIAB tiene en el Parque Empresarial Romica, lo hemos comprobado.

Ellos nos han recordado que como la familia y quienes te arropan día a día, no hay nada. Que no existe motor roto que pueda con una fuerza invencible: la de la voluntad; que siempre debemos confiar en quien nos convence de algo diciendo que somos capaces, y agradecérselo una vez que lo hemos sido; que cualquier circunstancia (hasta la más complicada) nos puede mostrar la mejor cara del que, hasta ese momento, quizá fue un desconocido; que el doctor le puso muy bien a Francisco unas buenas prótesis, a prueba de retos…

Nos han recordado que lo que importa no es cómo avancemos ni a qué velocidad lo hagamos: que lo importante es, siempre, el propio ‘Camino’; el de cada uno; y, sobre todo, transitarlo juntos.

Si lo desean, les invitamos a visionar este reportaje mediante el vídeo que acompaña a este texto.