Las preguntas que motivaron el comienzo de este trabajo surgieron en una consulta clínica hace algunos años, cuando Ana nos cuenta que estaba haciendo precisamente su residencia en Psicología Clínica. Recuerda que fue en una de esas consultas junto a un compañero () cuando esos ‘esquemas’ que ella tenía a la hora de entender el autismo “se fueron derribando poco a poco”.

Señala cómo las teorías tradicionales siempre han explicado que “los niños que padecían autismo eran niños con falta de empatía, que muestran desinterés por el mundo y que por eso tienen esa manera atípica de relacionarse” y el modo en el que, en esa consulta, pudieron observar que “en situaciones de gran tensión emocional esos niños tendían a hacer dos cosas: una, aislarse más en su mundo; la otra, mostrar las conductas atípicas propias del autismo (por ejemplo, los movimientos de aleteo, que es lo que se conoce con el nombre de ‘estereotipias’)”.

Esto les llevó a percibir que “más que un defecto de sensibilidad hacia la tensión o hacia las emociones de los demás, veíamos que de alguna manera no podían poner un filtro y, ante ese exceso de emociones trataban de protegerse de la mejor manera que podían; y así como surgió este interés de conocer más sobre las emociones de los niños con autismo”.

“Estamos tan ‘encandilados’ por las conductas de los niños con autismo que precisamente no prestamos tanta atención a cuáles son las emociones que pueden subyacer a ese tipo de comportamientos”

Ana García nos cuenta que esto “era algo que los propios padres cuando iban a las consultas intuían y que los profesionales que trabajaban ‘codo con codo’ con los niños sabían, pero hasta ahora no había una metodología científica capaz de poner a prueba esta hipótesis”. Fue entonces cuando, a raíz de que Ana hiciera su Tesis Doctoral en Procesamiento de Emociones en Trastornos Afectivos, ella se interesa por “estudiar las emociones en población con trastornos donde estas emociones están en segundo plano (porque, estamos tan encandilados por las conductas de los niños con autismo que precisamente no prestamos tanta atención a cuáles son las emociones que pueden subyacer a ese tipo de comportamientos)”.

Nuestra protagonista explica que fue desde ese momento “cuando con varios compañeros que tratan con población infantil mantuvimos una reunión en la que les comentamos lo que apreciábamos en consulta, y ellos estaban de acuerdo; les propusimos el diseño de un proyecto para poder evaluar cómo atienden a las emociones de los demás los niños con autismo”.

Para eso, Ana se valió de metodología de la Universidad de que había utilizado mientas hacía su Tesis. Se basaba en “seleccionar estímulos emocionales de manera muy cuidadosa (como pueden ser rostros de personas o escenas sociales complejas donde tienes que hacer inferencias sobre el pensamiento de otros…) y mirar cómo reaccionaban ellos”. Esto se hizo “primero, con un simple ordenador donde programas una tarea con la que mides aciertos y tiempos de respuesta; luego, con otra metodología más sofisticada (y estos artículos se publicarán pronto) que permiten el registro de los movimientos oculares”.

Incide en que este tipo de registro de los movimientos oculares es “sumamente interesante porque, mientras tú ves unas imágenes en el ordenador, un sensor de infrarrojos (completamente inocuo) detecta dónde estás prestando atención y dónde estás mirando y, de alguna forma, se ven las preferencias atencionales (aquellos estímulos a los que atienden más y cuáles evitan)”.

Estudios que llevan a la redefinición del concepto ‘empatía’…

Así, por ejemplo, se pudieron publicar los estudios sobre sus reacciones ante rostros de personas, pero Ana explica que también se han publicado otros “donde muestran también una conducta típica cuando presencian escenas sociales complejas, de modo que hemos apreciado una dualidad a la hora de expresar emociones: procesan de una forma las simples (como puede ser una cara de enfado) y de otra forma las complejas, lo que nos lleva a redefinir el concepto de ‘empatía’…”.

García Blanco nos detalla que “la empatía puede ser emocional (por ejemplo, si tú estás enfadada yo me agobio porque tú estás enfadada) o puede ser más cognitiva (es decir, yo en una situación compleja he de adivinar lo que tú estás pensando); y en ambas estos niños muestran comportamientos diferentes: hay una excesiva empatía emocional pero tienen dificultades para hacer inferencias o para poder adivinar (en una situación compleja) qué ocurre, por lo que la empatía cognitiva es menor”.

Hasta ahora todo se había hecho con situaciones complejas (y de ahí el que se extendiera la teoría de que son niños sin empatía), pero Ana subraya que “realmente, la empatía es algo más complejo que poder verbalizar aquello que piensas que piensa la otra persona, porque también está la llamada ‘resonancia emocional’: si tú sientes, yo siento también (y en exceso); y eso es digamos lo ‘novedoso’, que hemos visto que se ven abrumados por determinadas emociones (como pueden ser las caras de enfado) y es ahí cuando necesitan retirar su atención”.

Aspiraciones de ampliar el estudio de la mano de las nuevas tecnologías

Para poder realizar este estudio, se eligió a 30 niños con Trastornos del Espectro Autista (TEA) y a otros 30 niños sin ningún tipo de trastorno mental infantil para poder compararlos; ambos grupos estaban, además, equilibrados en cuanto a edades y sexo. Ana puntualiza en cuanto a los niños con TEA, “para poder pasar una prueba de este tipo, necesitábamos un requisito fundamental: que fueran capaces de prestar atención al menos diez minutos de manera continuada a la pantalla de un ordenador, por eso seleccionamos a niños con autismo que no presentaban retraso mental y que tenían lenguaje”.

Unas circunstancias que ahora la llevan a poner la mirada sobre algo que resultaría muy interesante también: “Poder extender esta línea de investigación a otros autismos más graves, pero el problema es que cuesta mucho más evaluarlos”.

Para ello, están comenzando a trabajar más intensamente con las nuevas tecnologías; Ana cuenta que recientemente les han concedido un proyecto en la y el Hospital La Fe “donde apostaban por crear una Aplicación móvil que permitiera precisamente medir cuáles son los estímulos emocionales que prefieren y cuáles los que evitan (de tal forma que sería algo no invasivo); de hecho, recientemente en las noticias hemos podido saber de un papá que ha podido comunicarse con su hijo (que tiene un autismo grave) gracias a los videojuegos, a las nuevas tecnologías”.

Derribar mitos sobre el autismo a través de la Ciencia

A raíz de la difusión de este estudio, han surgido muchos comentarios de papás agradeciendo que al fin en los artículos que se publican encuentran algo cercano a sus realidades… Y es que, como ha explicado Ana, esta nueva realidad era algo que esos papás podían ver en sus hijos e hijas pero a lo que hasta ahora no habían podido poner palabras.

“Esos padres sabían que había muchos mitos alrededor de que estos niños no sienten y que no es así (incluso que es lo contrario); ahora conocemos que, científicamente, de alguna forma se puede derribar una barrera, derribar un mito relacionado con el autismo”, subraya.

“Tratar de entender más su mundo emocional para buscar estrategias que nos permitan comunicarnos con ellos podría ser una buena herramienta en lugar de tratar que sean ellos quienes se adapten a nuestras normas sociales”

Con motivo de este pasado Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, Ana valora muy positivamente la campaña de sensibilización organizada este año en torno a esa fecha. Afirma creer que “se está haciendo mucho a nivel social” y considera fundamental “aprender a observar antes de a tratar de entender el autismo con nuestros propios esquemas”.

Pone de relieve, en este sentido, que “hay líneas de intervención que son muy útiles y que permiten modificar conductas (por ejemplo, a la hora de mantener la mirada); hay niños a los que les cuesta mantener la mirada, y existen técnicas muy buenas que les enseñan a mantener la mirada cuando alguien les habla pero, de alguna forma, los propios profesionales que trabajan con ese tipo de técnicas se dan cuenta de que sí que los niños han aprendido a mirar a los ojos pero que esa mirada no se acompaña de una ‘emoción genuina’, es decir, te miran a los ojos pero es una mirada vacía… Precisamente el atender más a sus emociones y no tratar tanto de que ellos se adapten a nuestras propias normas sociales, sino tratar de entender más su mundo emocional para buscar estrategias que nos permitan comunicarnos con ellos podría ser una buena herramienta”.

Al hilo de esto, incide nuevamente en que “los padres están súper sensibilizados y, realmente, nuestros instrumentos de trabajo como profesionales son las familias, y las respuestas son fabulosas por su parte porque están sobre-implicados de manera positiva en todo lo que es la patología de sus hijos e hijas”.

“El autismo es uno de los trastornos más desconocidos que podemos encontrarnos en nuestra disciplina”

Ana García no duda en asegurar, desde su punto de vista profesional, que “el autismo es uno de los trastornos más desconocidos que podemos encontrarnos en nuestra disciplina; no hay una causa única, simplemente vemos que son niños que perciben el mundo, se perciben a sí mismos y perciben a los otros de una manera diferente y, sus estrategias (que son estas conductas que a veces nos pueden llamar la atención), no son más que sus intentos de poder adaptarse a la percepción diferente que tienen de esos tres factores”.

Ana subraya que para los padres, un diagnóstico de autismo en alguno de sus hijos es “realmente un evento muy estresante al que tienen que readaptarse, cambiando todo su sistema de creencias, todos sus esquemas, todas sus expectativas de futuro… para, de alguna manera, enfrentarse a esa otra realidad; de hecho, hay muchos padres que también viven de una manera intrigante el proceso, con ganas de conocer qué les pasa a sus hijos”.

“Un , de calidad, puntero en investigación y en los últimos tratamientos… creo que sería el próximo reto y ‘un ideal’ (como clínica y como investigadora)”

Mirando al futuro más inmediato en sus trabajos bajos estas líneas en La Fe, Ana García apunta que “saldrán en breve otros cinco artículos (al menos) que avalan esta hipótesis” y, como gran reto a nivel social, apunta al de “montar una Unidad Funcional Especializada en el Hospital, para este tipo de niños que actualmente están como ‘dispersos’ entre los Servicios de Neuro-pediatría, en Asociaciones, en Centros de Salud Mental Infantil… Realmente un Servicio Integral, de calidad, puntero en investigación y en los últimos tratamientos, creo que sería el próximo reto y ‘un ideal’ (como clínica y como investigadora); estamos a la expectativa, pero es una idea que yo creo que puede tener cabida (aunque partiríamos con pocos recursos, el objetivo sería potenciar no sólo la evaluación sino líneas de intervención acordes con estas nuevas teorías y esta apreciación de las emociones)”, concluye.

Si lo desean, les invitamos a visionar al completo esta entrevista a la Doctora en Psicología Clínica Ana García Blanco detallando los estudios sobre autismo en los que ha participado en el Hospital valenciano de La Fe. Pueden hacerlo, si lo desean, a través del vídeo que acompaña a este texto.