El efecto invernadero es un fenómeno natural que permite la vida en la Tierra

Entre las principales causas de las variaciones climáticas naturales se encuentran las de origen astronómico y las de origen geológico como la posición y deriva de los continentes, teoría conocida como tectónica de placas; la orogénesis, responsable de la formación del relieve terrestre; o las erupciones volcánicas, entre otras. Todos estos procesos naturales interactúan con la radiación solar que incide en la Tierra y con la circulación tanto atmosférica como oceánica, que a su vez regulan la temperatura a escala mundial.

El efecto invernadero es un fenómeno climático natural que provoca la elevación de la temperatura en la parte baja de la atmósfera y en la superficie terrestre. Este calentamiento se produce por la radiación de onda corta procedente del Sol, que atraviesa la atmósfera y calienta los océanos y la superficie terrestre. Este fenómeno, llamado efecto invernadero natural, está producido por gases –vapor de agua, dióxido de carbono, monóxido de nitrógeno, metano, ozono, óxido nitroso, etc.- que son componentes naturales de la atmósfera. El vapor de agua, que se genera y elimina naturalmente a través de los ciclos biogeoquímicos, es el que en mayor medida contribuye de forma natural al efecto invernadero. El efecto invernadero es un fenómeno natural que permite que se den las condiciones de temperatura adecuadas para el desarrollo de la vida en la Tierra.

El cambio climático puede ser irreversible si no se adoptan medidas inmediatas

Tras un análisis del - el gas con mayor influencia en las causas del cambio climático- se comprueba que una molécula de este gas, una vez emitida, permanece en la atmósfera alrededor de cuatro años por término medio, aunque la Tierra en su conjunto necesita más de 100 años para adaptarse a la alteración de sus emisiones y estabilizar de nuevo su concentración atmosférica.

Así, por ejemplo, si a día de hoy se mantuvieran constantes y no crecieran las emisiones mundiales de CO2, la concentración atmosférica de este gas, que actualmente es de unas 370 partes por millón (ppm), seguiría aumentado a lo largo de casi dos siglos. Para mantener dicha concentración por debajo de las 550 ppm, objetivo de la Unión Europea para finales del siglo XXI, las emisiones globales durante este siglo no deberán ser mayores que la actual media mundial y ser mucho más bajas tanto antes del final de este siglo como durante todo el siglo XXII.

Por otra parte, debido a la fuerte inercia que tiene el sistema climático, una vez estabilizada la concentración atmosférica de CO2, la temperatura media mundial en la superficie seguiría aumentando durante algunos siglos. Por tanto, la estabilización de la concentración de CO2 en un determinado nivel y periodo de tiempo no significa que se acaben los cambios en el clima.

En consecuencia, aunque existen todavía muchas incertidumbres que no permiten cuantificar con la suficiente precisión los cambios del clima previstos, la información validada hasta ahora es suficiente para tomar medidas de forma inmediata. La inercia, los retrasos y la irreversibilidad del sistema climático son factores muy importantes a tener en cuenta y, cuanto más se tarde en tomar esas medidas, los efectos del incremento de las concentraciones de los gases de efecto invernadero serán menos reversibles.

La actividad humana ha producido la aceleración del cambio climático

Desde los inicios de la revolución industrial, la humanidad no ha dejado de emitir diversos gases –dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), ozono (O3), clorofluorocarbonos (CFC), etc.- que han producido la intensificación del efecto invernadero natural. Cerca del 60% del fenómeno es debido al CO2 mientras que el CH4 contribuye en un 15%.

Cabe destacar el doble papel de los CFC como agentes que contribuyen al efecto invernadero y a la vez destruyen la capa de ozono estratosférico.

En el pasado también ha habido alteraciones en la concentración atmosférica de los gases efecto invernadero que han originado profundos cambios climáticos. Sin embargo, la diferencia fundamental entre estos cambios naturales y la evolución actual del sistema climático no está tanto en los procesos y sus causas como en la velocidad a la que se producen las alteraciones, tanto en la concentración atmosférica de los gases de efecto invernadero como en el clima.

De hecho, muchos de los cambios climáticos detectados en la historia de la Tierra han tenido lugar a lo largo de miles o incluso millones de años pero sólo los más rápidos han provocado grandes extinciones de organismos vivos. El cambio actual puede calificarse también de muy rápido, puesto que se está produciendo en pocas décadas y las causas se atribuyen en gran medida a la actividad humana.

De las principales fuentes de energía utilizadas por el ser humano, el carbón mineral es el más contaminante en términos de emisión de carbono. En la actualidad se calcula que las emisiones procedentes del carbón y del petróleo son similares, a pesar de que el consumo de carbón es un tercio menor. El gas natural, en cambio, tiene mayor poder energético y las emisiones son menores, aunque emite cantidades importantes de óxidos de nitrógeno a la atmósfera.

El Protocolo de Kyoto es el resultado de más de dos décadas de complejas negociaciones

La ante la evolución del clima se declara por primera vez a finales de los años sesenta con el establecimiento del Programa Mundial de Investigación Atmosférica. Por tanto, la coyuntura actual se inscribe en una larga trayectoria de trabajo internacional sobre el tema del cambio climático, cuyo proceso político arranca en 1972 con la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (CNUMAH), emprendiendo las actividades necesarias para mejorar la comprensión de las causas naturales y artificiales de un posible cambio climático.

En 1979 se convocó la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima y en 1983 se constituyó la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, conocida como Comisión Brundtland. Otro de los hitos importantes fue la creación, en 1988, del Grupo Intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (IPCC), Agencia especializada de las Naciones Unidas con el cometido de realizar evaluaciones periódicas del conocimiento sobre el cambio climático y sus consecuencias. Hasta el momento, el IPCC ha publicado tres Informes de Evaluación -en 1990, en 1995 y en 2001-, dotados del máximo reconocimiento mundial.

A finales de 1990, tuvo lugar la celebración de la Segunda Conferencia Mundial sobre el Clima, en la que se creó el Comité Intergubernamental de Negociación con el mandato de elaborar una Convención Marco sobre el Cambio Climático, que fue adoptada en 1992 como culminación de la Conferencia Cumbre de la ONU sobre Medio Ambiente y desarrollo en Río de Janeiro.

A posteriori, comenzó el ciclo de las actuales Conferencias de las Partes (COP) que son la instancia máxima donde los países negocian sus acciones conjuntas. En la tercera Conferencia de las Partes (COP3), celebrada en Kyoto en 1997, se establecieron metas para que las naciones industrializadas redujeran sus emisiones de los gases que causan el efecto invernadero.

En Kyoto, 159 países se comprometieron a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 5,2% de media, entre 2008 y 2012, con relación a las emisiones de 1990, en lo que ya se conoce como el Protocolo de Kyoto. Los quince estados de la Unión Europea ratificaron en mayo de 2002 esta convención y acordaron alcanzar hasta un 8% de reducción en sus emisiones de dióxido de carbono. Sin embargo, a mediados de 2001 Estados Unidos ya anunció su decisión de no respetar los acuerdos de Kyoto.

Lograr el porcentaje de ratificaciones necesarias para su aplicación llevó un proceso de siete años hasta que Rusia lo ratificó en septiembre de 2004 y, a pesar de la no ratificación de EEUU y Australia, entró en vigor el 16 de febrero de 2005. El acuerdo ha entrado en vigor sólo después de que 55 naciones, que suman el 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero, lo hayan ratificado.

En la actualidad, 129 países lo han ratificado, alcanzando el 61,6% de las emisiones, como indica el barómetro de la Secretaría de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). No obstante, muchos expertos consideran que estos esfuerzos no serán suficientes para alcanzar un compromiso que debe ser a escala global si se quieren conseguir resultados.

España deberá reducir sus emisiones para cumplir el Protocolo de Kyoto

Aunque el Protocolo de Kyoto establece que los países de la UE deberán reducir un 8% sus emisiones en el plazo 2008-2012 respecto a su nivel de 1990, los países industrializados asumieron compromisos diferentes, concretamente los 15 de la UE repartieron ese compromiso de manera que unos tienen que reducir más aún sus emisiones y otros, como España, teniendo en cuenta sus menores emisiones per cápita y las necesidades de crecimiento económico, pueden aumentarlas. Es en ese reparto europeo en el que España se comprometió a aumentar sus emisiones en un 15% como máximo respecto a 1990. Entre las sanciones previstas por la UE para quien sobrepase su nivel de emisiones asignado, está el pago de cien euros por tonelada de más, por lo que lo normal será recurrir a la compra de cupos de emisión, que serán más baratos.

El actual Plan Nacional de Asignación de Derechos de Emisión, aprobado en 2004 y de aplicación hasta 2008, plantea como objetivo la reducción de las emisiones en un 0,4% entre 2005 y 2007 para terminar ese año emitiendo un 40% más que en 1990, muy lejos todavía de Kyoto. Este Plan dejaba el grueso del trabajo para la próxima legislatura, para el periodo 2008-2012, en el que hay que rebajar las emisiones de forma que España emita un 24% más que en 1990, compensando los nueve puntos de diferencia sobre el objetivo del 15% mediante la adquisición de derechos de emisión de unos 20 millones de toneladas al año (100 millones en total). Esto significa que el Plan Nacional de Asignación de Derechos de Emisión, que el Gobierno debe aprobar en junio para el periodo entre 2008 y 2012, debe ser aún más restrictivo.

Los datos de 2005 alejan a España del cumplimiento del Protocolo de Kyoto

Según los datos presentados por World Watch España y Comisiones Obreras el 19 de abril de 2006, las emisiones de gases de efecto invernadero españolas en 2005 han aumentado casi el 53% (el 52,88%) desde 1990, lo que supone un 3,9% de aumento respecto a 2004. Esto significa que cada vez se está más lejos de cumplir con el Protocolo de Kyoto: un 15% de aumento respecto a 1990 en el periodo 2008-2012.

Medio Ambiente atribuye el mal dato a la sequía: la falta de agua en los embalses para producir electricidad causó un notable descenso de la producción hidroeléctrica y obligó a que se recurriera en mayor medida al carbón y al petróleo para garantizar el suministro eléctrico.

Sin embargo, la producción eléctrica es responsable de un 25% del total de las emisiones, mientras que el otro 75% queda repartido entre la industria, responsable de otro 25%; el transporte, de otro 25%; y los residuos, la agricultura y sectores varios, que se comportan de forma heterogénea, aportan el resto de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Aunque se prevé que la situación mejore en 2006 si aumentan las lluvias, la moderación de las emisiones no depende sólo de la pluviosidad sino también de otros sectores sobre los que sí se puede actuar, lo que hace necesario la adopción de estrategias eficientes para afrontar el cambio climático.

El Gobierno ha aprobado normas legales para disminuir la emisión de gases

Ante el cambio climático es esencial tomar medidas para atenuarlo, básicamente reduciendo la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, por lo que durante años los debates internacionales han girado en torno a la ciencia del clima y a los compromisos de contención de las emisiones. Sin embargo, últimamente los temas del cambio climático entroncan directamente con el sistema energético mundial.

Entre las medidas en marcha o en estudio, se incluyen transformaciones estructurales en la producción energética, diversificación de combustibles y tránsito del uso intenso del carbón y derivados del petróleo hacia energías renovables, capaces de generar energía limpia y no contaminante. Por tanto, se hace necesario potenciar y explorar otras fuentes de energía como son la eólica, la solar térmica, la fotovoltaica y la biomasa. En el campo del transporte, muchos científicos creen que el combustible del futuro será el hidrógeno. Este gas no contamina y su uso sólo genera vapor de agua. Otros combustibles alternativos que ya se están utilizando son biocombustibles como, por ejemplo, algunos aceites vegetales.

Por su parte, el Gobierno español asegura que ha aprobado cinco normas que permitirán moderar el crecimiento de las emisiones: el Plan de Asignación, el decreto que regula el comercio de emisiones, el Plan de Energías Renovables, el Plan de Eficiencia Energética y el Código Técnico de la Edificación, que obligará a construir las casas de forma que consuman menos energía.

El Gobierno confía en que estas medidas eleven la producción de electricidad a partir de gas en lugar de carbón y aumenten la producción de energía renovable.

Los efectos del cambio climático pueden ser devastadores

Según un estudio sobre los impactos en España del cambio climático, elaborado por la Oficina Española de Cambio Climático del Ministerio de Medio Ambiente y el Departamento de Ciencias Ambientales de la Universidad de Castilla-La Mancha y hecho público un día antes de que entrase en vigor el Protocolo de Kyoto, la previsión para este siglo de los efectos que producirá el cambio climático en España son bastante alarmantes: incremento de las temperaturas, disminución de las precipitaciones, aumento del nivel del mar, proliferación de desastres naturales y propagación de enfermedades.

Según los datos calculados por el Ministerio de Medio Ambiente, en el interior peninsular las temperaturas aumentarán entre 5 y 7 grados en verano y entre 3 y 4 en invierno. En la periferia de la península y en Baleares, el calentamiento será dos grados menor que en el interior, mientras que en Canarias tres grados menor en verano y dos grados menor en invierno. En general, aumentarán muy significativamente (excepto en Baleares y Canarias) los días con temperaturas máximas extremas y disminuirán los días que registren mínimas extremas. El estudio plantea que un aumento de la temperatura y la disminución de las precipitaciones del 8% en el horizonte de 2060 provocarán una reducción media de los recursos hídricos del 17%, impacto que será más severo en las cuencas del Guadiana, Canarias, Segura, Júcar, Guadalquivir, Sur y Baleares.

Los principales problemas en las zonas costeras están relacionados con el posible ascenso del nivel medio del mar, ya que es previsible que éste aumente entre 10 y 68 centímetros, pudiendo crecer hasta un metro. Las zonas más vulnerables serán los deltas y podrían causar la pérdida de un importante número de playas sobre todo en el Cantábrico, así como la inundación de buena parte de las zonas bajas costeras (como el delta del Ebro, Llobregat, Manga del Mar Menor o la costa de Doñana) que pueden estar construidas.

Las perspectivas actuales, nada halagüeñas, hacen que no parezcan exagerados los pronósticos de Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física de la Universidad de Alcalá de Henares, quien afirma que la acción del hombre llevará al planeta a una glaciación dentro de 100 años y que, si se mantiene el actual ritmo de incendios, España se convertirá en un desierto sin masa forestal en unos 100 años.

El cambio climático, una seria amenaza para los seres vivos

El calentamiento que sufrirá España, motivado por el cambio climático, afectará también a animales y plantas, ya que favorecerá la expansión de las especies invasoras y algunos ecosistemas acuáticos continentales pasarán de ser permanentes a estacionales y otros desaparecerán. Los cambios que sufrirán esos ecosistemas acuáticos afectarán a la conservación ambiental y a sectores como el turismo, la protección ambiental, el abastecimiento de agua o la pesca continental.

Además, el cambio climático alterará la actividad de algunas especies (migraciones o reproducción), puede producir una mayor virulencia de parásitos y un aumento de las poblaciones de especies invasoras.

Entre los efectos sobre la salud humana, los investigadores auguran un aumento de la mortalidad a causa de las olas de calor, que serán más frecuentes y más intensas, y es previsible un aumento de enfermedades transmitidas por mosquitos (dengue o malaria) o por garrapatas (encefalitis), así como un agravamiento de los problemas de salud causados por las altas concentraciones de contaminación en la atmósfera.