El Museo de Santa Cruz de Toledo, considerado uno de los museos provinciales más importantes de España, no sólo por la singularidad del edificio que le sirve de sede y le da el nombre, el antiguo , sino también por la riqueza y variedad de sus colecciones, acogió desde su creación, en las dos plantas del Crucero, la Sección de Bellas Artes. En el año 2000 se desmontó esta Sección, para acometer obras de adecuación en el edificio y restauración de piezas, y a partir de entonces en él se han celebrado importantes exposiciones temporales, a la par que ha venido mostrando una parte de sus fondos más representativos en diversas instalaciones expositivas.

Y es de una de estas exposiciones temporales de las que podremos disfrutar en el Crucero Superior del Museo de Santa Cruz de Toledo, concretamente de “Sorolla. Tierra adentro” que, desde el 28 de diciembre al 8 de abril, estará abierta al público para poder disfrutar de las 68 obras, 57 pinturas al óleo sobre lienzo y 11 “notas de color” (tablillas de pequeño tamaño), pertenecientes todas ellas a la colección Museo Sorolla y la Fundación Museo Sorolla y entre las que se encuentran 12 cuadros relacionados directamente con la capital regional, las cuales muestran la otra cara del pintor, que abandona en esta etapa las costas levantinas para adentrarse “tierra adentro”, al interior de la península, para realizar pinturas de paisajes de enorme calidad.

La exposición permanecerá en Toledo hasta su posterior traslado a la , en abril de 2018.

“Sorolla. Tierra adentro”

El género del paisaje fue central en la evolución de la pintura moderna: considerado “menor” por la academia hasta el siglo XIX, fue en cambio colocado por el realismo en la vanguardia de la innovación y la experimentación.

Si algo identifica la pintura de Sorolla es su trabajo al aire libre y en plena naturaleza. Los escenarios de luz intensa de las costas de son su referente más conocido; sin embargo, “tierra adentro” realizó numerosos paisajes de enorme calidad e importancia: estos paisajes interiores sitúan a Sorolla en el contexto general de las inquietudes artísticas del realismo final y también de las corrientes intelectuales renovadoras de la y los regeneracionistas españoles.

Sorolla estudió en la Escuela de Bellas Artes de Valencia con Gonzalo Salvá, que lo introdujo en el realismo francés, e Ignacio Pinazo Camarlench, que le dio a conocer a los “macchiaioli” italianos; y en sus viajes a entró en contacto con las versiones realistas del “luminismo”, el impresionismo y el postimpresionismo, que él integró a su manera, dentro de la particular estética renovadora del paisaje español de su tiempo, que intentaba hallar un carácter diferencial en el nuevo arte encajando la tradición realista nacional en la modernidad internacional.

Tras la fracasada Revolución del 68 y el desastre colonial, tanto los pensadores como los artistas contemporáneos de Sorolla buscaron una imagen nueva de país, alejada de la representación historicista de las glorias pasadas, y la encontraron en el puro paisaje, tanto en las regiones de la periferia peninsular como en la meseta central y de Castilla; en ésta particularmente se descubrió una estética geológica del suelo -según término de Giner- y un espiritualismo en línea con el gusto decadentista europeo. Para ellos, Castilla -sobria, austera y trascendente- sería la imagen más auténtica de la nación.

Inmerso en aquella cultura, y en contacto con gran parte de sus protagonistas, Sorolla dio nuevas versiones a los diversos paisajes españoles, profundizando en su nuevo sentido y significación, desde los de la Alhambra deshabitada a aquellos de los campos desolados y viejas ciudades castellanas, que descubrió en compañía de Aureliano de Beruete, magnífico pintor de paisaje e ilustre institucionista.

La exposición se divide en cuatro ámbitos:

  • Mitología regionalista y naturaleza.
  • Sorolla en verde y gris
  • La invención de Castilla como emblema nacional
  • La “España blanca” de , una versión moderna de la invención romántica

Mitología regionalista y naturaleza

Después de formarse en Valencia, donde sus maestros lo animaron a pintar del natural, y tras sus años de estudio en Italia, Sorolla se estableció en , pero nunca dejó de pasar temporadas en Valencia, donde la temática de sus obras de juventud representa el interés por lo popular que fue característico del fin de siglo. Los pinceles de Sorolla se centran en su ciudad, en el puerto de Valencia, en sus playas, sus plazas y puentes y no olvidan el campo valenciano: la huerta, las alquerías y las barracas con su peculiar arquitectura popular.

Sorolla en verde y gris

Sorolla viajó durante muchos veranos al norte de España. En Muros () se unió a la colonia de paisajistas que había organizado el pintor asturiano Tomás García Sampedro siguiendo el modelo de la escuela francesa pintura al pleinair de Barbizon. Y con su familia pasaría muchos veranos en , y . En el norte, la luz más gris del Cantábrico y los verdes brillantes de los prados de dieron a su producción otras tonalidades.

La invención de Castilla como emblema nacional

Sorolla recorrió Castilla en múltiples viajes y se unió a la fascinación por su paisaje que sintieron los institucionistas y la Generación del 98. Un paisaje inédito hasta entonces como tema en la pintura, pero que emocionaría a toda una generación de escritores y artistas con el descubrimiento de su carácter sublime y su poética del vacío.

Sorolla representa Castilla sin perder su natural sensibilidad para la captación de la luz y sin dejar de hacer sorollas. Pinta sus ciudades monumentales -Toledo, , Burgos- y también su naturaleza, centrándose en las nubes y sus transformaciones, y en las luces cambiantes del cielo.

La “España blanca” de Joaquín Sorolla, una versión moderna de la invención romántica

Durante un rápido viaje en 1902 llega Sorolla por primera vez a Andalucía, a la que habría de volver muchas veces en los años sucesivos.

Alejándose del tópico todo lo posible, Sorolla busca la autenticidad de aquellas tierras. En pinta sus jardines, pero también los paisajes insólitos de sus zonas secas donde solo prosperan las chumberas; en Jerez, los inmensos viñedos que le ofrecen un puro espectáculo de color. Granada le impacta profundamente: a sus barrios, a su y a la Alhambra dedicó hasta 47 paisajes en tres viajes en 1909, 1910 y 1917, siempre a finales del otoño o en pleno invierno, siempre solitarias, melancólicas, con la hondura de una visión enteramente personal.

El Museo de Santa Cruz de Toledo

El Museo de Santa Cruz de Toledo está considerado uno de los museos provinciales más importantes de España, no sólo por la singularidad del edificio que le sirve de sede y le da el nombre, el antiguo Hospital de Santa Cruz, sino también por la riqueza y variedad de sus colecciones. Fue creado por Decreto de 25 de mayo de 1961 y reúne los fondos del antiguo Museo Arqueológico Provincial –institución creada en 1844 a raíz de la Desamortización- así como otros procedentes de depósitos de la Catedral Primada, parroquias de Toledo y otras entidades y particulares, de adquisiciones y donaciones. Es un museo de titularidad estatal y su gestión desde 1984 está transferida a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.

Desde su creación, las dos plantas del Crucero acogieron la Sección de Bellas Artes. En el año 2000 se desmontó esta Sección, para acometer obras de adecuación en el edificio y restauración de piezas, y a partir de entonces en él se han celebrado importantes exposiciones temporales, a la par que ha venido mostrando una parte de sus fondos más representativos en diversas instalaciones expositivas.

En la actualidad parte de lo más selecto de la colección permanente del Museo se exhibe en las cuatro crujías de la planta baja del Crucero, con un montaje expositivo que lleva por título “La España de los Austrias”.