Una fulgurante carrera política

José Bono Martínez nació en Salobre (Albacete) el 14 de diciembre de 1950. Hijo de comerciantes, cursó estudios en distintos colegios regentados por jesuitas, entre ellos el de Alicante, y posteriormente se licenció en Derecho, carrera que realizó en la Universidad de Navarra, donde se especializó en Derecho Penal.

Su vocación política le llegó desde su militancia en movimientos del catolicismo progresista e inició su actividad profesional como abogado en el bufete de Raúl Morodo, gracias al cual ingresó en 1973 en el Partido Socialista del Interior (PSI), luego Partido Socialista Popular (PSP) de Tierno Galván.

Ingresó en el PSOE en mayo de 1978 tras la fusión del PSP en este partido y, en las siguientes elecciones generales, celebradas el 1 de marzo de 1979, encabezó la lista del PSOE por Albacete. Obtuvo el escaño de diputado y ocupó en el Congreso la Secretaría cuarta de la Mesa, entre otros cargos.

Como abogado intervino en numerosas defensas ante el Tribunal de Orden Público (TOP) y fue director de la Asesoría Jurídica del PSOE en Madrid.

Fue uno de los abogados de la acusación particular durante el juicio por los hechos ocurridos en el despacho de los abogados laboralistas de la madrileña calle de Atocha en enero de 1977.

Renovó su escaño en el Congreso de los Diputados en los comicios del 28 de octubre de 1982, donde nuevamente encabezó la lista socialista por Albacete.

Al año siguiente, el 8 de mayo de 1983, concurrió en las primeras elecciones autonómicas como candidato a la Presidencia de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Logró el escaño y el 6 de junio de ese año fue investido presidente del Ejecutivo regional, contando con el respaldo de la mayoría absoluta obtenida por el PSOE en dichos comicios (23 diputados por 21 de la coalición AP-PDP-UL).

A partir de 1983, el PSOE, con Bono como candidato a la reelección, ganó por mayoría absoluta todas las elecciones autonómicas en Castilla-La Mancha celebradas desde esa fecha (1987, 1991, 1995, 1999 y 2003).

“A mí me sobrecoge”, aseguró Bono en referencia al gran apoyo recibido de los ciudadanos de su comunidad en las elecciones autonómicas de 2003, algo que, ha subrayado, le hace sentir gratitud.

Salobre (Albacete), el pueblo que le vio nacer

En el Diccionario Geográfico y Estadístico de Pascual Madoz (1845) se dice que Salobre, situado en un ameno y delicioso valle y atravesada la población por un arroyo cuyo paso facilita un puente, goza de clima templado y sano.

Tiene 150 casas; la Consistorial; un “extenso” y grande edificio que en otro tiempo fue fábrica de hoja de lata y en la actualidad lo ocupan varios vecinos; escuela de instrucción primaria frecuentada por 40 alumnos; y una iglesia parroquial, Nuestra Señora de la Paz, aneja de la de Reolid.

Confina con los términos de Vianos, Alcaraz, Bienservida y Villapalacios. El correo se recibe y despacha en Alcaraz.

Dentro de él se encuentran varias fuentes de buenas aguas, siete cortijos denominados del Ojuelo, dos que llaman Crucetas, el de la Herrería y el del Ocino.

El terreno es montañoso en su mayor parte y de buena calidad: comprende buenos bosques poblados de pinos, robles, encinas, aceres, tejos y varios arbustos. Hay caza de perdices, conejos, liebres, venados, corzos y jabalíes; el arroyo que atraviesa la población cría “exquisitas” truchas. La industria es agrícola recriación de ganados, una ferrería y un martinete para elaborar tiradillo de hierro.

Cuando nace José Bono Martínez, en los años 50, Salobre tiene casi la población más alta de toda su larga historia, con 2.017 habitantes, o almas en la terminología decimonónica. Desde ese año la población disminuye vertiginosamente y en 1991 el Censo contó 670 personas, de las cuales 351 eran varones y 319 mujeres.

Bono y la nostalgia de su infancia

Según el propio José Bono, Salobre es un pueblo pequeño de la Sierra de Alcaraz, en la provincia de Albacete, donde nací a comienzos de los años cincuenta. Siempre vuelvo a él. A veces, solamente viajo con la imaginación o en sueños, pero siempre regreso a un lugar que me sirve de cobijo, de protección.

El ruido del río que lo cruza me transporta a mi infancia, porque desde pequeño me acostumbré a dormir escuchándolo. Allí cogí renacuajos, e hice balsas para bañarme con mis amigos hasta que ya tuve edad bastante y me dejaron ir a la balsa del Estrecho. “A ésa no, que te traspasa y hace remolinos”, solía decir mi madre.

Recuerdo mi calle mucho más grande de lo que realmente es, mayor y más hermosa. No estaba asfaltada. Jugábamos a las canicas, a las chapas…, podíamos hacer el gua o lanzar el zompo sin dañar el pavimento. Ahora no sería posible porque el asfalto y el cemento no admiten esos juegos. Pero nadie los echa en falta porque los niños de hoy tampoco saben, por lo general, qué es la parpalla, ni los santos, ni el gua. También me gustaba estar en la Placeta, donde la llegada de cualquier coche era una novedad que no dejaba indiferente a nadie. Reconocíamos a los dueños por el ruido de sus coches, algo que ahora resultaría imposible.

Los vecinos eran como de la familia, puedo recordar a todos por sus nombres, sus apodos, su oficio o cualquier otra peculiaridad o anécdota que les diferenciase.

En la tienda de mi padre aprendí muchas de las habilidades requeridas para su oficio: a medir telas, a envolver el azúcar en papel de estraza o a cortar el bacalao con una cuchilla que conservo. Pero, a la vez, a saber de las necesidades de la gente cuando tenía que apuntar en un libro lo que se daba fiado.

Los cincuenta eran tiempos de pocos medios, difíciles para vivir y mucho más para divertirse, aunque con poco se hacía fiesta, y una luminaria en honor de cualquier santo servía para asar patatas en la lumbre.

Como no había televisión, el aburrimiento se mataba con comentarios los unos de los otros. Casi todo se sabía de todo el mundo; esta apertura informativa facilitaba una relación muy familiar pero también provocaba un tipo de vida muy condicionada por la percepción de los demás. Aquella familiaridad no se ha perdido, pero hoy es más abierta y tolerante.

El de entonces como el de ahora, en mi pueblo, son dos mundos entrañables, aunque diferentes. Se tenía que ir a la fuente a por el agua; no había grifos ni duchas ni baños en las casas; acaso en alguna, además de la cuadra o el corral, se disponía de un retrete con una tabla de madera.

Tampoco es ni parecido el estado de la escuela; valga el ejemplo de que en aquélla, modesta, pobre y bastante fría, cada niño tenía que llevar una lata de sardinas llena de ascuas para calentarse.

Y estos no son chascarrillos ni detalles anecdóticos; muestran cuán diferentes fueron aquellos niveles de vida y los de ahora, a la vez que revelan unas condiciones que determinan decisivamente la existencia de las personas.

Porque no sólo han cambiado los aspectos materiales; con ellos también las aspiraciones legítimas han sustituido a la resignación y se han modificado los horizontes de la vida.

Rodríguez Zapatero quiso siempre a su lado al presidente de Castilla-La Mancha José Bono

Según fuentes del PSOE, Rodríguez Zapatero valoraba especialmente la gestión realizada por Bono en todos los cargos públicos que había ocupado, por lo que le consideraba idóneo para ocupar una cartera tan relevante en aquellos momentos como la de Defensa.

A José Bono se le atribuían las cualidades suficientes para actuar con sentido y sin ofender los sentimientos de nadie; ni de la opinión pública que estuvo en contra de esa presencia, al rechazar la guerra, ni de los militares. Además, la pertenencia de Bono al Gobierno de Zapatero echaba por tierra todas las acusaciones que había recibido el líder socialista de que él no garantizaba la cohesión de España. Nadie podía pensar que el presidente de Castilla-La Mancha fuera a estar en un Ejecutivo que pusiera en riesgo esa unidad.

Y en clave de partido, a Zapatero le parecía relevante que se pusiera de manifiesto la capacidad de convivir de los socialistas toda vez que llamaba gustoso a su próximo Gobierno a quien fue su rival para la secretaría general del PSOE. Y éste aceptaba con igual agrado.

En cuatro años, José Bono y José Luis Rodríguez Zapatero pasaban de competir por el mismo puesto a estar el segundo en un Gobierno que presidía el primero. Ambos se enfrentaron, junto a Matilde Fernández y Rosa Díez, por la secretaría general del PSOE y contra casi todos los pronósticos ganó Zapatero. Desde entonces, Bono y Zapatero mantenían una estrecha relación, cultivada día a día y siempre acompañada por la desconfianza de sectores importantes del PSOE y de la opinión pública. Bono estuvo aquellos cuatro años afirmando que era leal a Zapatero y que deseaba lo mejor para él, porque sería lo mejor para el Partido y para el País.

Victoria del Partido Socialista en 2004

El nombre de José Bono se empezó a barajar para liderar el Partido Socialista tras la derrota socialista de 1996.

Pero no será hasta la nueva derrota socialista de 2000, tras la dimisión de Joaquín Almunia, cuando Bono presentaría su candidatura a la Secretaría General en el XXXV Congreso Federal del PSOE.

Pese a que partía como favorito, perdió la oportunidad de ser secretario general del PSOE por nueve votos de diferencia respecto al vencedor, Rodríguez Zapatero.

Cuatro años más tarde, las elecciones generales del 14 de marzo de 2004, tras la “matanza” del 11M en la estación de Atocha, daban un cambio radical al mapa político español. Los socialistas dieron la vuelta a la elecciones generales de 2000 y consiguieron 164 diputados (cerca de 11 millones de votos) contra 148 del Partido Popular (9,6 millones de votos). En las anteriores elecciones generales los populares obtuvieron 183 diputados (10,3 millones de votos) frente a 125 de los socialistas (7,9 millones de votos).

En el transcurso de esos cuatro años, de 2000 a 2004, uno de los “empeños” de Bono fue expresar públicamente la lealtad hacia José Luis Rodríguez Zapatero, no dudando en afirmar que en el XXXV Congreso del PSOE ganó el mejor y que si fuera posible echar marcha a atrás en el tiempo retiraría su candidatura.

De Seguridad a Defensa

Tras el “varapalo” sufrido por los populares en las elecciones generales de 2004, uno de los primeros nombres que salió a la palestra para asumir una cartera ministerial fue el de José Bono. José Luis Rodríguez Zapatero le propuso la cartera de Seguridad, responsabilidad que posteriormente, y a sugerencia del propio Bono, fue cambiada por la de Defensa.

El 17 de marzo, el presidente de Castilla-La Mancha, José Bono, aceptaba ser el ministro de Defensa en el nuevo Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Sin duda, Bono se convertía en uno de los “fichajes” estrella del primer gabinete de Zapatero. Fue su manera sorpresiva de “cruzar el Tajo”, lejos de como muchos sospechaban que lo iba a hacer, y al final se hacía cargo del Ministerio de Defensa.

El ministro de Defensa ejerce facultades delegadas del presidente del Gobierno en cuanto a ordenar, coordinar y dirigir la actuación de las Fuerzas Armadas, así como la dirección de la Administración militar, cuya titularidad corresponde al Gobierno. Supervisa el estado de adiestramiento y eficacia operativa de las Fuerzas Armadas y ejerce las facultades reglamentarias y disciplinarias que las leyes le asignan. Además, tiene otras competencias en materia de política militar, en la administración de recursos, programas económicos y financieros y política de personal de las Fuerzas Armadas.

El grado de consenso y cercanía de José Bono con militares, con la Iglesia y hasta con militantes del PP, que lo han votado de manera constante tantas veces como se ha presentado a la Presidencia de Castilla-La Mancha, caracterizaban a Bono como una de las personas más idóneas para asumir la cartera de Defensa.

A todo ello hay que añadir las magníficas relaciones que mantiene con la Casa Real a cuyo titular, Su Majestad el Rey, y según establece la Constitución, corresponde el mando supremo de las Fuerzas Armadas.

Entre ilusionado y resignado a dejar el Gobierno de Castilla-La Mancha, que a lo largo de 21 años le dio todo su “caché” político, José Bono se mostraba dispuesto a afrontar una nueva etapa. Esta vez con responsabilidades nacionales en el primer Ejecutivo de la era Zapatero y, además, al frente de un departamento con las peculiaridades que en aquel momento político de convulsión nacional tenía el Ministerio de Defensa.

La nueva responsabilidad de José Bono al frente de Defensa tuvo un papel inicial de capital importancia ante el anuncio de Zapatero de retirar las tropas españolas de Irak.

Amigo personal de Bono, tras la marcha de éste Barreda asumió la presidencia de la Región

Hasta la víspera de las elecciones todavía había voces que veían a Bono “cruzando El Tajo” para aspirar de nuevo al liderazgo del PSOE en el supuesto de que a éste le fueran mal las elecciones. Zapatero negó siempre en público y en privado que tuviera la menor queja del comportamiento de Bono y muy pronto comenzó a decir que le quería en su Gobierno.

El mazazo terrorista del 11M provocó que para la historia de Bono y Zapatero quede para siempre que el último mitin que se celebró para las elecciones del 14 de marzo de 2004, lo celebraran juntos en Toledo el 10 de marzo. Ese fue el último acto político de Zapatero, que terminó con un estrecho abrazo con José Bono. “El cambio empezará en el primer minuto que lleguemos al Gobierno, respetando al pueblo; vamos a ganar las elecciones el domingo y vamos a construir unos años de vida democrática, respetando a los más débiles, va a ganar la fuerza de la esperanza frente al miedo; y en esa victoria estará conmigo en primera línea Pepe Bono”, proclamaba Zapatero.

La llegada de José Bono al Gobierno de la Nación llevó consigo la elección de José María Barreda como nuevo presidente de Castilla-La Mancha. Barreda era en aquellos momentos vicepresidente del Gobierno y secretario general del PSOE de Castilla-La Mancha. Amigo personal de Bono, ya estaba preparado hacía cuatro años para presidir la Región al considerar que José Bono iba a ganar el Congreso.