Las Brigadas Internacionales

Durante la guerra española (1936-1939), más de 35.000 hombres y mujeres de 53 países distintos, agrupados en las Brigadas Internacionales, acudieron a España en auxilio del gobierno de la II República. Nunca en la historia se ha producido un caso tan extraordinario de solidaridad internacional. Aquellos jóvenes vinieron dispuestos a dar su vida para ayudar al pueblo español cuyos derechos y libertades estaban amenazadas por el fascismo español y europeo. Más de 9.000 de ellos dejaron sus vidas en los campos de España.

En su discurso de despedida en octubre de 1938, les dijo: “Vuestro espíritu, y el de vuestros muertos, nos acompaña y quedan unidos para siempre a nuestra historia”. , por su parte, pronunció las siguientes palabras: “Sois la historia, sois la leyenda, sois el ejemplo heroico de la solidaridad y de la universalidad de la democracia, frente al espíritu vil y acomodaticio de los que interpretan los principios democráticos mirando hacia las cajas de caudales, o hacia las acciones industriales, que quieren salvar de todo riesgo”.

Albacete, base de las Brigadas Internacionales

La ciudad de Albacete fue designada como el cuartel general y centro de entrenamiento de las Brigadas bajo el mando del líder comunista francés , secretario general de la Tercera Internacional. Pronto se vio que, dado el número de voluntarios que iban llegando, era necesario crear campos de entrenamiento en los pueblos aledaños a la capital: La Roda, Tarazona de la Mancha, Madrigueras y Villanueva de la Jara entre otros.

Cada brigada se constituyó, al principio, con tres batallones, normalmente con voluntarios de la misma nacionalidad o idioma para facilitar la comunicación. Más tarde cada brigada pudo contener entre tres y seis batallones, con unos 650 hombres. Cada uno de estos solía tener tres compañías de fusileros y una de ametralladoras. Junto al jefe militar había un comisario cuyas principal tarea era mantener la moral y educar políticamente a las tropas, aunque en ocasiones también tenían que asumir labores militares.

La instrucción que recibían estos voluntarios era exigua, ya que las urgencias de la guerra exigían muchas veces llevarlos al frente sin apenas haber aprendido los elementos básicos de la técnica militar. Fue muy frecuente un periodo de entrenamiento de tres semanas, aunque en algunos casos pudo alargarse hasta dos meses. Además, era un entrenamiento generalmente sin armas, dada la escasez de las mismas en el ejército republicano. Pero los voluntarios suplían con su aliento antifascista todos los inconvenientes que encontraban.

En un discurso a las pronunciado en Albacete en 1936 que si el pueblo español y su ejército no habían vencido al fascismo no era por falta de entusiasmo, sino por la ausencia de tres factores esenciales: unidad política, dirigentes militares y disciplina. a inculcar a los voluntarios unos principios y valores que se plasmaron en la Declaración solemne que los miembros de las debían prometer:

“Soy un voluntario de las BBII porque admiro profundamente el valor y heroísmo del pueblo español en lucha contra el fascismo internacional; porque mis enemigos de siempre son los mismos que los del pueblo español. Porque si el fascismo vence en España, mañana vencerá en mi país y mi hogar será devastado. Porque soy un trabajador, un obrero, un campesino que prefiere morir de pie a vivir de rodillas. Estoy aquí porque soy un voluntario y daré, si es preciso, hasta la última gota de mi sangre por salvar la libertad de España, la libertad del mundo”.

La entrada en acción de estas unidades fue decisiva, tanto por la moral que infundió al pueblo madrileño en aquellas horas aciagas, como por el ejemplo de eficacia y arrojo que dieron al resto de los combatientes; tan sólo en las primeras jornadas de lucha la XI Brigada perdió más de una tercera parte de sus efectivos. Pronto fueron organizándose otras Brigadas: la XII, XIII, XIV, XV, la 129 y otras.