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Alejada de la llanura manchega, la albaceteña comarca de la Sierra del Segura está situada al sudoeste de la provincia de Albacete formando parte de los sistemas montañosos Prebéticos. Con una superficie total de 267.780 hectáreas, constituye la porción más meridional de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha y abarca 12 municipios: Ayna, Bogarra, Elche de la Sierra, Feréz, Letur, Liétor, Molinicos, Nerpio, Paterna de Madera, Riópar, Socovos y Yeste.
Localizada en lo más profundo de la garganta que forma el río Mundo, destaca Ayna como uno de los parajes más pintorescos y singulares de la zona: la ribera del río Mundo, cuya vista se puede contemplar desde los miradores que se asoman a ella; los montes de la Albarda, el Halcón, el Rincón de la Toba, y la zona de las aldeas de Royo Odrea y Carcabos, entre otros bellos parajes naturales, constituyen una sucesión de encantadores rincones para los amantes de la naturaleza, a los que hay que añadir una gran riqueza de flora y fauna, su deliciosa gastronomía, unas fiestas y encierros que son renombrados y muchas actividades turísticas y deportivas como la escalada y el senderismo. Además del medio natural, que sin duda es su mayor riqueza, Ayna mantiene numerosos vestigios de las diversas culturas que la han ido poblando: las pinturas rupestres paleolíticas de la Cueva del Niño, cuna del arte rupestre albaceteño; el artesonado mudéjar de la ermita de los Remedios; los restos del Castillo de la Yedra, de origen islámico; o el entramado laberíntico de sus calles.
Por su belleza paisajística, Ayna recibe el nombre de “La Suiza manchega”.
Situado en las últimas estribaciones de la Sierra del Segura, Ayna se encuentra a 61 kilómetros de Albacete capital y su término municipal acoge, en sus 146,10 kilómetros cuadrados, a unos 16 núcleos de población, habitados en mayor o menor medida, en los que destaca la diferencia de paisajes que tienen: por un lado, las aldeas de la ribera del río Mundo como Royo Odrea, Carcabos, Las Hoyas y El Vallejo; por otro, las aldeas de la zona sur del término como El Pozuelo, El Ginete, Pozo Ladrón, cercanas a las cumbres de la Albarda, de 1.254 metros, el Halcón, de 1.232 metros, o el Mollar, de 1.156 metros; y en la parte opuesta, las aldeas de La Dehesa, El Villarejo, Casa Forestal, El Moriscote, La Navazuela, El Griego, La Noguera, El Rubial y La Sarguilla, transición entre la sierra y el llano. El pino carrasco, que domina la mayoría del paisaje, junto con encinas, sabinas, enebros, lentisco, jaguarzo, torvisco, genistas, pino negral y plantas aromáticas como el romero, tomillo, espliego o mejorana llenan todos los montes de Ayna y en la verde y fresca ribera fluvial encontraremos chopos, nogales, cañas, mimbreras y trepadoras. La especie más emblemática de la fauna de Ayna es la cabra montés, junto a la que habitan jabalíes, garduñas, zorros, liebres y ardillas. En lo alto: águila real, águila culebrera, águila calzada, halcón, gavilán, búho real; y en el río: carpas, barbos, cangrejos, garza real y nutrias
Siguiendo el curso del río Mundo, se contemplan unas maravillosas vistas del pueblo y de la fértil vega en la que se cultivan todo tipo de hortalizas y frutales con un sistema de terrazas y regadíos de origen musulmán. Junto al puente de las Correras y tomando un camino que parte de una de sus orillas, se encuentra la Cascada del arroyo de la Toba, con agua procedente del manantial del mismo nombre. Las paredes del Rincón de la Toba, al que se accede por un paseo arbolado, superan los 100 metros de altura.
Entre las aldeas, destacan, por su espectacular belleza, Royo Odrea, en una ladera de gran pendiente y defendida por las peñas “del Prao” y “el Pico”, que se pueden divisar en una estupenda panorámica desde el Mirador de los Infiernos; y Carcabos, en una zona de cortados fluviales y agrestes paisajes donde hay una presa. Situada frente a estas dos aldeas, se encuentra la Peña de la Albarda, el punto más alto del término de Ayna, de 1.254 metros de altitud, con gran variedad botánica y desde donde se divisan unos bellos paisajes del valle del río Mundo y de toda la Sierra.
A 1,5 kilómetros de Ayna, en el llamado estrecho del Gargantón, se encuentra el Mirador del Diablo, desde donde se observa el valle en todo su esplendor, al igual que desde el Balcón de las Mayas, junto a los restos del Castillo de la Yedra y la Cueva de los Moros, lugar desde el cual cada 30 de abril los muchachos del pueblo cantaban las denominadas “mayas”, estrofas con las que daban a conocer los nuevos o posibles noviazgos.
Junto al arroyo de la Fuente de la Parra existe una zona de acampada controlada, ideal para el disfrute de la naturaleza. Por otra parte, todos estos parajes constituyen un lugar ideal para la práctica de la escalada, para lo que hay 18 sectores con alrededor de 15 vías de niveles, así como para la práctica de senderismo en la ruta Ribera del río Mundo.
Ayna, por su situación rodeada de montañas de singular belleza, ha recibido el apelativo de “La Suiza manchega”.
La Cueva del Niño se encuentra situada orillas del río Mundo, entre los picos Halcón y Albarda, a 60 metros de profundidad y dividida, por una serie de columnas, en dos salas en las cuales se pueden contemplar pinturas de arte Paleolítico fechadas por Almagro Gorbea entre 16500 y 15500 a.C. El panel principal y meridional de la cueva, en la pared izquierda desde el acceso, consta de dos espléndidos ciervos machos, uno de ellos de unos 70 centímetros de altura; tres ciervas; un caballo; y, cerrando la composición en los extremos de la misma se hallan dos cabras monteses con venablos clavados en sus vientres.
El segundo panel, situado en la segunda sala, muestra una cabra y un caballo mucho más pequeños que los animales del panel anterior. Son figuras muy estilizadas y elegantes en sus trazos y rasgos. A la izquierda de ambos hay un interesante signo serpentiforme de doble trazo, con líneas horizontales en ciertos lugares de su desarrollo, y que alcanza los 125 centímetros.
En la entrada de la cueva encontramos un tercer panel de arte levantino que data en torno al año 7000 a.C., compuesto por tres figuras humanas en posición de caza. Hasta que en 1970 unos excursionistas se dieron cuenta de que se trataba de arte rupestre, los vecinos de los caseríos vecinos la llamaban la “Cueva de los Niñotes”, en referencia a sus pinturas rupestres aunque ellos no sabían lo que era ni la importancia que tenían.
En 1973, un equipo de investigadores, integrado por Higss, Davidson y Bernaldo de Quirós, realizó excavaciones para determinar los materiales y la cronología. En ellas, se encontró un espléndido vaso neolítico, fechado por Martí Oliver en el Neolítico antiguo y medio, que se encuentra custodiado en el Museo Provincial de Albacete junto a otras piezas recogidas en la propia cueva en estas excavaciones. Este yacimiento está incluido en la Red Europea Primeros Pobladores y Arte Rupestre Prehistórico (REPPARD), la cual aglutina a una serie de regiones del Sudoeste de Europa que han decidido constituir un alianza para el desarrollo conjunto de sus ofertas turístico-culturales basadas en la prehistoria y el arte rupestre.
La visita a la Cueva del Niño se realiza obligatoriamente con guía y con reserva hecha con días de antelación.
Las pinturas rupestres de la Cueva del Niño son los primeros vestigios conservados de las poblaciones que habitaron los parajes de esta localidad. Estas pinturas pertenecen a la época del Paleolítico Superior, hace unos 15.000 años a.C., lo que demuestra que la zona ha estado habitada desde hace milenios. Por otra parte, las pinturas rupestres de la Cueva del Niño son las primeras manifestaciones artísticas de toda la provincia de Albacete.
Con la entrada de los árabes en la Península Ibérica, a partir del año 711, debió tomar fuerza el poblamiento de estas tierras. De ahí proviene el nombre de Ayna, que se traduce como “ojos bellos” o “fuentes escondidas” en musulmán, y todo el sistema de regadíos de la vega.
En 1213 Alfonso VIII conquista Alcaraz y extiende el dominio cristiano, formando así con una comunidad de villas y aldeas el Concejo de Alcaraz, al que pertenecía Ayna que, ubicada en el límite con la frontera, sufrió los problemas limítrofes con Liétor, primero por los musulmanes y segundo por la Encomienda Santiaguista de Socovos.
Mas tarde, el 22 de septiembre de 1565, el rey Felipe II le otorgó el privilegio de Villa, independizándola de Alcaraz y tomando los actuales términos de Molinicos y Elche de la Sierra, que se irán segregando a lo largo del siglo XVIII.
La ermita de Nuestra Señora de los Remedios, declarada Bien de Interés Cultural en 1992, fue posiblemente una sinagoga judía que pasó a formar parte del legado cristiano tras la reconquista en el siglo XIII, siendo a partir de entonces, y hasta el año de 1953, la iglesia parroquial. En la actualidad se utiliza como sala de exposiciones.
El interior es de planta rectangular y consta de una sola nave con cabecera plana; tiene coro alto a los pies que se apoya en su parte delantera sobre una viga de madera sustentada por una columna toscana con una gran zapata. En la pared del evangelio se abre la puerta de acceso a la ermita, hoy rectangular pero al exterior muestra haber sido en arco de medio punto con grandes dovelas. El elemento arquitectónico de mayor valor artístico de la ermita es la techumbre de madera que la cubre, del siglo XVI y de tradición mudéjar, con decoración a base de lacería, destacando la riqueza ornamental del almizate, que presenta en su centro un pinjante con mocárabes.
En la pared del altar mayor aparecen cinco hornacinas, pertenecientes a un supuesto retablo: las dos de los extremos tienen fondo azul y las dos laterales de las tres centrales presentan sobre fondo rojizo o anaranjado motivos vegetales de trazado lineal de tonos negros y grises compuestos con rígida simetría. Por su estilo se han datado estas pinturas hacia mediados del siglo XVIII.
Mucho mayor interés poseen las pinturas descubiertas en las paredes de los pies y de la epístola, debido a que su temática es insólita dentro de la pintura mural provincial. Aparecen tres porciones de un friso corrido en el que se representa una procesión penitencial, probablemente de Semana Santa, con músicos, nazarenos flagelantes, nazarenos portando una imagen y otros con largas antorchas encendidas. Por ser una pintura popular es difícil datarla con precisión, ya que los pintores que la hacían solían crear poco y copiar mucho de estampas y grabados de cualquier época; no obstante, se atribuyen a la segunda mitad del siglo XVIII.
Otro edificio religioso de interés es la ermita del Santo Cristo de las Cabrillas, del siglo XVIII y de reducidas dimensiones.
La iglesia parroquial Santa María de lo Alto fue construida en 1953, sobre los restos del Castillo de la Yedra y la antigua ermita de la patrona, la Virgen de lo Alto. Destacan la torre, que pertenecía a la ermita y fue fabricada en el siglo XVII de piedra de sillería, y las tres campanas fechadas entre los siglos XVIII y XIX. El altar mayor está decorado por pinturas al óleo, realizadas por Cruz J. Calderón en 1963, que representan la Anunciación, la Natividad, la Coronación de Nuestra Señora y la Santísima Trinidad. A la derecha del altar mayor se encuentra la capilla del Santísimo, construida en 1972, y en los laterales encontramos dos escudos: el del Vaticano y el de la Diócesis de Albacete. Además, se conservan dos tallas de madera, una de las cuales, la imagen del niño Jesús Resucitado o “Niño de la pata coja”, es una copia de la desaparecida de Roque López, discípulo de Salzillo.
Del Castillo de la Yedra quedan en la actualidad escasos vestigios de las murallas, cuyas piedras fueron utilizadas en la construcción de la actual iglesia parroquial.
Situado en una de las zonas más altas del pueblo aprovechando la existencia de un conjunto rocoso con entrada natural llamada actualmente “Cueva de los Moros” y dominando el valle en ambos sentidos, el Castillo fue una fortificación musulmana del siglo XII que a partir de 1213 fue aprovechado por los cristianos bajo el mando del Concejo de Alcaraz, de la que Ayna era su aldea. Sufrió muchos ataques ya que se encontraba en la frontera con los musulmanes y en 1455, gobernando como alcalde don Alfonso de Montiel, se encargó su acondicionamiento.
Entre el 4 y el 8 de septiembre, la celebración de las fiestas patronales de Ayna, en honor de Nuestra Señora de lo Alto, trasciende sus fronteras y es mucha gente la que visita la localidad, atraídos especialmente por los encierros que se celebran los días 5, 6 y 7. El último día se celebra una misa multitudinaria y una procesión por las principales calles del municipio, momento en el que se le agradece a la Virgen lo bueno que ha sucedido durante el año transcurrido y se le pide que continúe así otro año más. El primer domingo de mayo, las fiestas en honor del Santo Cristo de las Cabrillas reúnen a los lugareños en torno a su ermita. Sus orígenes se remontan al Día de la Cruz, fiesta que se celebraba para rogar a Dios por las cosechas cuando se oficiaba una misa en la puerta de la ermita del Santo Cristo de las Cabrillas, pues sus reducidas dimensiones impiden que dentro estén más de dos o tres personas, y a continuación se realizaba una procesión con una cruz adornada totalmente de flores hasta una pequeña charca que formaba el agua que nace en La Toba donde se bañaba la cruz. En su regreso a la capilla, la gente que acudía a la procesión le quitaba las flores, pues eran tenidas por milagrosas.
Otra fiesta que se celebra actualmente en Ayna es la del Bolo, el 12 de diciembre, víspera de Santa Lucía, en la que numerosas hogueras de romero iluminan el pueblo.
El calendario festivo de Ayna se completa con sus Carnavales, en los que en la semana del miércoles de ceniza Trompalobo y Trompalápiz, individuos tapados con unas mascaras en forma de trompa de lobo y de trompa de lápiz, aparecen por las calles de Ayna asustando a niños y tirando ceniza a los pies de quien encuentra a su paso; las procesiones de Semana Santa que recuerdan la pasión de Cristo en un ambiente de recogimiento y devoción por sus estrechas calles; y el día del Corpus Christi, en el que las calles amanecen tapizadas con una alfombra de mejorana, fachadas engalanadas y altares preparados para el paso de la Custodia.
La gastronomía de Ayna se basa sobre todo en los productos de las huertas que la rodean y la embellecen; y en las estupendas carnes que se crían en esta zona, donde la cocina tradicional casera es exquisita y cada vez más demandada por los visitantes.
Así, un buen cordero a la brasa con patatas al montón y ricas ensaladas son las delicias del más exigente comensal que encuentra un acompañamiento ideal en los buenos vinos de la tierra. Además, en Ayna el pan cocido en horno de leña es elaborado por auténticos artesanos en la materia. Son muchas las recetas que han ido pasando de generación en generación para elaborar en nuestros días productos tan típicos y exquisitos como los rollos de anís, los suspiros y múltiples dulces cuya fama traspasa las fronteras del país.
Por otra parte, la tradición folklórica forma parte indiscutible de la idiosincrasia del lugar con sus bailes típicos como la seguidilla, el fandango y, cómo no, la “Jota de Ayna” que, lejos de perderse en el tiempo, ha ido ganando fuerza, sobre todo en la población juvenil.
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