Miguel Cortés explica que esta monografía, con origen en unas jornadas celebradas en Toledo y en 2014 en el marco de las conmemoraciones del cuarto centenario del fallecimiento del cretense, “rastrea las raíces bizantinas de la etapa toledana del Greco en aspectos como las composiciones, la iconografía o el tratamiento del color”. También “intenta establecer por qué razones el artista volvió a sus orígenes”.

Por otra parte, el libro muestra que, durante los treinta y siete años que el Greco vivió en Toledo, “el ejercicio del arte no estuvo separado del aprendizaje de la vida”. En este sentido, indicó Cortés, “fundó una familia con Jerónima de las Cuevas, trató con cariño a su hijo , al que puso el nombre de su padre y hermano siguiendo la tradición cretense; y acogió a su hermano Manuso, huido de la justicia veneciana”.

La obra señala también que el Greco “conoció la dureza del negocio del arte, al tener que hacer frente a patronos que jugaban sus cartas con ventaja, al ser comparado permanentemente con artistas que ofrecían sus obras a precios mucho más bajos”. Y también sufrió “los sinsabores derivados de su carácter adusto, el trato difícil con sus compañeros de profesión y la baja consideración social de su oficio. En un escenario poco generoso hacia el otro, al diferente, al extranjero”.

Miguel Cortés dedica su última publicación al profesor de la y compañero en el Departamento de Historia del Arte Fernando Llamazares, fallecido el pasado 20 de mayo. “Se le veía paseando entre las multitudes de turistas de Toledo pero también era aficionado a las caminatas solitarias por callejas y callejones, en Sahagún, Berlanga de Duero o La Maragatería, guiado por la pasión de mirar”, dice. En la presentación destacó su aportación a la historiografía del arte renacentista y barroco con una obra que, en conjunto, calificó como “sólida, sugerente e innovadora”.

. Toledo, 21 de enero de 2016